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ADIÓS, UNJBG

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En el autorradio, la rítmica música de Bob Marley suena con sospechosa fidelidad. Mientras voy a al volante de mi cansado Mitsubishi, no dejo de pensar en los rostros compungidos de Amanda, Miluska y amigos más cercanos. Ellos me repreguntaban sobresaltados: –¿De verdad te vas de la universidad…? Y yo les respondía, casi esquivándoles la mirada: –Sí, me voy de la Universidad. Sí. Le di vueltas durante incontables noches de insomnio. Me costó decidirlo, pero los signos premonitorios no se equivocan, me voy de la universidad o ella se va de mí... Ocurre que ya no me gustan sus pasillos ni pizarras, prefiero contemplar desde afuera el silencio de las paredes. Hace rato dejó de hacerme ilusión saltar al escritorio, de madrugada, y preparar las clase del día; disfruto más saborear con egoísmo el menú de mi biblioteca, sólo para satisfacer el apetito de mi lobo estepario. Me fastidia imaginar a los estudiantes como alumnos, me hace feliz tenerlos como amigos. De pronto, de...

Una oportunidad

«Por favor, profesor, déme una oportunidad», me dice Miguel López, alumno a quien sorprendí plagiando en pleno examen. No era que estaba mirando la prueba de su vecino. Tampoco, que extraía subrepticiamente el cuaderno por debajo de la carpeta, no. Ocurre que había preparado un sofisticado resumen de todo el curso (mi curso) en la Facultad de Letras y Ciencias Jurídicas, y lo tenía entre manos. En mi calidad de docente universitario, antes de alguna evaluación escrita acostumbro cambiar de lugar a todos mis alumnos. Hago, si se quiere, una suerte de «chocolateada» de modo que terminan ubicados en carpetas distintas a las que ocupaban inicialmente. En esta circunstancia encontré muy inquieto a Miguel López. A mi voz de «cambien de lugar», se paró y miró en diversas direcciones. Parecía un felino en busca de un lugar estratégico donde situarse para devorar a su presa. Me percaté de sus malas intenciones y, como medida preventiva, lo llamé por su nombre: «Señor Miguel López, venga, siénte...