El tema del verano
Llegamos a la playa cuando el sol del medio día despliega sus abrasadores rayos. Ni bien detengo el automóvil, saltamos a la arena. A Mauricio, mi pequeño “cachorro”, sólo le interesa ocuparse de la pelota. A Miluska, mi encantadora “princesa”, le basta portar el “mp4”. Amanda y yo protestamos. Finalmente, todos cargamos las sombrillas, toallas y el pesado “cooler”. Las playas de mi infancia fueron territorios mágicos de helados y castillos. Después, en mi primera juventud, de “chelas”, cigarrillos, e infaltables amigos. Pero, sobre todo, fueron zonas de arena, mucha arena, un océano de arena junto al mar. Por eso hoy, en el extremo sur del Perú, padezco en esta playa: rocas allí, rocas allá, y más rocas acullá. El viaje a la playa era una consigna. “Tenemos que ir a la playa, papá”, venía reclamándome Miluska. Ante esa insistencia uno de esos días le inquirí: “¿Por qué?” No creo que sea el simple afán de retozar en la orilla del azulado océano. No. En el verano hay algo más, algo que ...